• Rabino Skorka

Génesis


Habiendo festejado la finalización de un ciclo de lectura y análisis de la Tora en Simjat Tora, inmediatamente se vuelve a comenzar con una nueva lectura y comprensión del texto. Si bien los vocablos no cambian, los que se hallan en constante cambio son sus lectores. El paso del tiempo y la madurez adquirida desafían a descubrir nuevas facetas interpretativas de estos milenarios escritos, revelación de Dios al hombre en la fe judía, a fin de mejorar mediante este ejercicio intelecto-espiritual la condición humana de cada individuo.


La Tora comienza con un relato de la creación del Cosmos que posee dos versiones distintas (una en el capítulo 1 y otra en el 2), o complementarias al entender de algunos exégetas (Véase especialmente en “La soledad del hombre de fe” una elaboración de estas diferencias realizada por el Rabino Joseph Ber Soloveitchik). Dicho relato no debe entenderse cual descripción científica de la creación, aunque hay científicos que hallaron coincidencias entre los resultados de la Ciencia y el mismo. La Ciencia es una materia que va mutando con el perfeccionamiento de las teorías, mientras el mensaje de la Tora es inmutable. ¿Cuál es este mensaje? ¿Qué es lo inmutable? La primera respuesta es que hay un Creador, que lo creó todo a partir de la nada. No hay relatos teogónicos, que nos describan la creación de dioses, ni mitológicos, que relaten las guerras entre deidades. Sólo Uno que con sus palabras creó lo existente.


El segundo mensaje es la centralidad del ser humano y su misión en el Universo. Para él todo fue creado; solo con él Dios mantiene una relación de diálogo.


Al finalizar la descripción de lo creado en cada día de la labor divina, el texto afirma que Dios lo examinó y comprobó que era bueno. Sólo después de haber creado al hombre dice que Dios vio que toda la creación era muy buena, que en hebreo se dice: Tov Meod. Rabbi Simon (Bereshit Raba (Theodor-Albeck), Parashat Bereshit, Parasha 9, Dibur Hamatjil: VaIaar Elokim Et Kol Asher Ása VeHine Tov Meod) nos enseña a descubrir en la palabra Meod (muy), modificando el orden de sus letras, la palabra: Adam, ser humano, de donde concluyó el sabio que el hombre es –esencialmente- bueno. Pero para hallar la palabra Adam en Meod hubo que esforzarse, se necesita de la labor intelecto-espiritual para hallar la bondad intrínseca que se halla en cada individuo.


Del relato de la ingesta del fruto prohibido, más allá de las interpretaciones que se le pueda dar al mismo, resulta que el hombre es poseedor de libre albedrío. Dios le ordenó no comer de cierto fruto, pero puso en sus manos la posibilidad de elegir entre cumplir el mandato o transgredirlo. El hombre debe esforzarse para elegir lo correcto y transformar la obra de Dios que es buena en muy buena.


De la forma en que fue escrito el verbo que describe la acción mediante la cual Dios le dio forma al ser humano, VaYYietzer (2:7), donde la consonante Y se repite, de lo cual dedujeron los sabios del Talmud (Berajot 61,a) que dos Yietzarim –dos pulsiones- posee el hombre, el del bien y el del mal. Con ellos debe luchar para conformar una realidad en la que la existencia posea un sentido.


Freud finaliza su ensayo “El malestar en la Cultura” (Das Unbehagen in der Kultur), cuya primera edición fue en 1930, diciendo:


He aquí, a mi entender, la cuestión decisiva para el destino de la especie humana: si su desarrollo cultural logrará, y en caso afirmativo en qué medida, dominar la perturbación de la convivencia que proviene de la humana pulsión de agresión y de autoaniquilamiento. Nuestra época merece quizás un particular interés justamente en relación con esto. Hoy los seres humanos han llevado tan adelante su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza que con su auxilio les resultará fácil exterminarse unos a otros, hasta el último hombre. Ellos lo saben; de ahí buena parte de la inquietud contemporánea, de su infelicidad, de su talante angustiado. Y ahora cabe esperar que el otro de los dos «poderes celestiales», el Eros eterno, haga un esfuerzo para afianzarse en la lucha contra su enemigo igualmente inmortal. ¿Pero quién puede prever el desenlace? (Sigmund Freud, Obras completas, Volumen XXI, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1992)

La última oración fue agregada en 1931 cuando los totalitarismos sanguinarios, con Hitler y el nazismo a la cabeza, comenzaban a ser una amenaza notoria para el futuro de la humanidad. Freud, mediante un camino totalmente distinto al del Génesis, pero con una enorme dimensión de humanismo que lo une al mismo, arriba al mismo planteo dramático.


¿Qué senda elegirá el hombre?

El nombre completo de Freud fue Sigmund Shlomo, Shlomo por su abuelo que vivió en Buczacz, un pequeño pueblo de Galitzia con una famosa comunidad judía muy ilustrada. Estas raíces nos conllevan a sugerir que el gran planteo del padre del psicoanálisis en lo referente al destino humano no por mera casualidad coincide con el de la Tora.


Shabat Shalom!

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