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  • Rabino Skorka

Líderes religiosos y el diálogo interreligioso:

Actualizado: 5 de nov de 2019

ENMARCANDO EL DIÁLOGO


Encuentro sobre el Diálogo Interreligioso e Intercultural, Estocolmo, Octubre 29, 2019.


Uno de los desafíos más importantes que aquello que denominamos civilización antepone ante todo individuo es el de superar los múltiples conflictos que surgen en la vida mediante una solución en la cual la existencia de los implicados en los mismos sabe ser respetada y un sentimiento de fraternidad termina prevaleciendo entre las partes.


Los conflictos y su resolución son parte intrínseca de la vida misma. Las relaciones entre padres e hijos, la primaria en la existencia de todo individuo poseen elementos conflictivos. El texto bíblico reconoce que la relación entre los progenitores y sus hijos es complicada, por ello uno de los diez mandamientos[1] ordena honrar a los padres y es complementado por un versículo que prescribe respetarlos[2] Desde el tiempo de las tragedias griegas, como Edipo y Electra, hasta la psicología freudiana se conoce esta problemática, frente a la cual el mensaje bíblico es el imperativo que cada uno adopte una actitud de encuentro y no de destrucción en el seno de la familia.


Del mismo modo la relación entre hermanos posee un alto grado de complejidad. La historia de Caín y Abel es la más dramática de los desencuentros entre hermanos que forman parte esencial de la narrativa del texto del Génesis, primer libro de la Biblia hebraica. Uno de los mensajes centrales de este libro que narra el principio de la historia humana es justamente describir la forma a través de la cual los hermanos que se odiaban pudieron recomponer su relación mediante la maduración de sus personalidades a través del desarrollo de su capacidad afectiva. Esaú, que quiso matar a Jacob, termina abrazándolo, al igual que José con sus hermanos.


El mensaje bíblico al pueblo hebreo posee como ejes los versículos: amarás a tu prójimo como a ti mismo[3], amarás al extranjero[4], etc. El desafío antepuesto al pueblo es que sus miembros sublimen sus pasiones destructivas en positivas mediante el desarrollo de sus capacidades afectivas.


El ideal último de la propuesta bíblica al hombre es, al decir de Isaías[5] y de Miqueas[6], una realidad en la cual se transforman las espadas en hojas de arado, no levanta más espada un pueblo contra otro ni nadie se prepara más para la guerra.


Estos conceptos fueron transmitidos al pueblo por los profetas, hombres que mantenían un diálogo con Dios quien les transmitía los mensajes que debían decirle al pueblo. Profeta en hebreo se dice Naví, vocablo relacionado con la capacidad humana del habla, de la expresión y exaltación[7]. Los exégetas hebreos medievales asociaban el vocablo Naví a la expresión niv sefataim de Isaías 57:19[8], que debe entenderse como el fruto de los labios.


Las palabras del profeta son el fruto de un encuentro con Dios que el mismo debe transmitir al pueblo, para que éste, a su vez, se conecte en diálogo con su Creador.

La Biblia es el texto fundamental del Judaísmo y tanto el Cristianismo como el Islam poseen sus raíces primigenias en la misma. Por lo cual el mensaje de sus líderes espirituales debe ser un reflejo de aquel niv sefataim mencionado en Isaías y Miqueas.


El denominador común de estas tres grandes religiones es el de elaborar la estructura de civilización que sabe alejar a sus fieles de los impulsos destructivos, aquellos a los que se refirió Moisés al decir que Dios ha puesto la vida y la muerte delante ellos, la bendición y la maldición, y el imperativo de elegir la vida[9]. Es en la universalización de este mensaje que se encuentra la quintaesencia del mensaje bíblico, que de acuerdo a Maimónides las tres religiones Abrahámicas poseen como tarea el transmitir a la humanidad[10].


El odio infundado que caracterizó los horrores que hombres cometieron contra sus semejantes en el pasado, de los cuales hallamos testimonios desde los pasados más remotos hasta el presente, hunden sus motivaciones en esas pasiones destructivas que son parte de la condición humana, a las que se refirió Moisés en su último mensaje al pueblo Hebreo. Son las pasiones descriptas por Freud en El malestar en la cultura[11] y por Fernando Savater[12] más recientemente, al analizar las expresiones xenofóbicas que caracterizan nuestros tiempos:


"La heterofobia -es decir, la desconfianza, el miedo y hasta el odio contra los que no pertenecen a nuestro grupo hunde sus raíces en mecanismos atávicos de socialización, cuando la pertenencia al grupo implicaba ante todo hostilidad frente a quienes no eran de la tribu o no eran como los de la tribu deben de ser. Lo que en su día fue un impulso útil para las formas primitivas de sociedad humana, hoy se ha convertido en algo que

responde al primitivismo colectivo dentro de la sociedad moderna: es decir, en una enfermedad moral."


Superar ese primitivismo, dejar de ser parte de una horda alcanzando una dimensión en la que se reconoce al otro diferente a uno como parte de uno mismo es, como hemos visto, el numen y esencia de la cosmovisión bíblica. La creación de un único ser humano del cual derivan todos los humanos marca sustancialmente dicha cosmovisión. Los sabios del Talmud enfatizaron el sentido del mensaje bíblico diciendo: ¿por qué no creó Dios dos humanos? Porque el uno le diría al otro: Mi padre es superior al tuyo, y por ende soy superior a ti.[13]


La misión primaria de los líderes espirituales de las religiones Abrahámicas debe ser propalar éste mensaje, pero no en el interior de sus comunidades solamente sino también aplicarlos a los miembros de los demás credos. Los profetas deben servir de paradigma a la conducta a adoptar por dichos líderes. Del mismo modo en que los profetas fueron los maestros del diálogo con Dios y con las gentes, su conducta debe marcar la senda a seguir por los presentes maestros en las religiones.


Los textos bíblicos testimonian que los profetas mantenían un diálogo respetuoso, humilde y valiente con Dios, del mismo modo deben proceder los líderes religiosos de hoy en día. No puede haber temas prohibidos en estos diálogos. Se avanza tratando de conocer y entender al otro mediante una actitud profundamente empática. Jamás el diálogo puede poseer la más mínima intención de convencer al otro. Un diálogo sincero jamás puede transformarse en disputa. Los diálogos no deben terminar necesariamente con con un entendimiento entre las partes, se acercan posturas, se analizan y estudian mutuamente las perspectivas de cada uno, se alcanza el punto de máximo entendimiento, y se sigue dialogando.

El diálogo requiere, al decir de Abraham Joshua Heschel, de una alta grandeza moral y de una espiritualidad audaz. No es meramente el reunirse a fin de mostrarse cercanos y sugerir que un cambio es posible, sino comenzar a gestar cambios reales en la vida de las gentes, mediante la asunción conjunta de responsabilidades superlativas. El objetivo primario del diálogo es transformar a los enemigos en amigos, la iniquidad generalizada en justicia social, el egoísmo ciego en humildad y el conflicto en paz.


El diálogo debe conducir a la construcción de una nueva lengua para la interacción humana en la que el odio, la arrogancia, el desprecio y el mal no tengan más cabida, el idioma claro que el profeta Sofonías imaginó con el cual el Creador bendecirá a sus criaturas: “Porque entonces volveré Yo a los pueblos el lenguaje puro, para que todos invoquen el nombre del Señor, a fin que le sirvan de un solo consentimiento” (Sofonías 3: 9).


[1] Éxodo 20:11; Deuteronomio 5:15

[2] Levítico 19:3

[3] Levítico 19:18

[4] Levítico 19:34

[5] Isaías 2:1-5

[6] Miqueas 4:1-5

[7] William Gesenius, A Hebrew and English Lexicon of the Old Testament, Oxford at the Clarendon Press, Oxford University Press, 1939.

[8] Rashbam en Génesis 20:7; Rashi en Éxodo 7:1; Nehemías 6:7; etc. Véase especialmente la exégesis de Eliahu Mizrahi a Éxodo 7:1

[9] Deuteronomio 30:19

[10] Mishneh Torah, Hilkhot Melakhim 11:4

[11]Das Unbehagen in der Kultur, Sigmund Freud: Gesammelte Werke, chronologisch geordnet. Bd. 14. Hrsg. v. Anna Freud unter Mitarbeit von Marie Bonaparte. Imago, London 1948, S. 421–516.

[12] La heterofobia como enfermedad moral de Fernando Savater, Vuelta, Número 205, Diciembre de 1993, págs. 23-27.

[13] Mishnah Sanhedrin 4:5

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