• Rabino Skorka

Vayishlaj- El reencuentro fraterno




Gran parte de esta parashah describe detalladamente el reencuentro entre Jacobo y Esaú. El libro de Génesis se caracteriza, entre muchos otros temas, por describir los desencuentros entre hermanos. Caín mató a Abel, Isaac e Ismael vivieron alejados el uno del otro; después del conflicto que nos hallamos analizando, aparecerá el de José con sus hermanos. El único de estos desencuentros que fue resuelto totalmente fue el último, al cual la Torah le dedica tres parashot (Vayeshev, Miketz y Vayigash).


Jacobo, en camino hacia la tierra de su padre y abuelo, envía emisarios a Esaú su hermano. Tal vez podría haberlo ignorado, pues Esaú se hallaba en la tierras rojas al oriente de Canaán (32: 4), en las que a la postre se asentó (33: 16; 36: 6-8); algunos sabios en el Midrash Rabba dicen que debía haberlo ignorado (Cap. 75). Sabe que su hermano viene a su encuentro con cuatrocientos hombres (32:7) y prepara una estrategia para despertar en él sus sentimientos fraternales. Le reza a Dios, se queda en soledad la noche anterior a su encuentro con Esaú, contiende con un ángel (el texto bíblico dice hombre, pero todos los exégetas coinciden en interpretarlo como ángel), al cual vence. Rabi Jama ben Rabi Janina (Bereshit Raba Cap. 77) dice que era el ángel que acompañaba a su hermano. De acuerdo a esta explicación, Jacobo peleó con sus recuerdos, con los conflictos que seguía teniendo en su mente con Esaú.


Jacobo logra su cometido. Se une en un abrazo con su hermano. Se reconcilian. No viven juntos, pues son muy distintos, pero resolvieron los problemas de odio entre ellos. Volvieron a reencontrarse para enterrar al padre.


Hay una tradición bíblica que indica que el odio, si bien fue superado por los hermanos, no lo fue en sus descendientes. Amalek, el pueblo engendrado por el nieto de Esau (36: 12), fue el que atacó a Israel a la salida de la tierra de Egipto (Éxodo 17: 8), fue vencido en el campo de batalla, pero por siempre habrá una guerra entre Dios y Amalek de generación en generación.


Uno de los preceptos que debía cumplir el rey de Israel era eliminar a Amalek (Deuteronomio 25: 19; Yad, Hilkhot Melakhim 1: 1). Saúl cumplió parcialmente con el cometido, pero no lo destruyó totalmente (1Samuel 15). Haman, el ministro del rey Asuero de Persia que quiso destruir a todos los judíos era descendiente de Agag, el rey de Amalek contra el cual luchó Saúl (Ester 3: 1). Los edomitas, el pueblo engendrado por Esau, ayudaron a los Babilonios a destruir Jerusalem (Salmos 137: 7), y profetizados para el castigo de Dios por Malaquías (1:4).


Viendo esta historia de odio, y teniendo en sus memorias la derrota de Bar Kojva por los romanos en 135 E.C., identificados como Edom, es que algunos sabios del Midrash dijeron que Jacobo tendría que haber ignorado a su hermano, que el beso que Esaú le profirió quiso ser una mordedura, y nunca habrá una paz verdadera entre ellos ni entre sus descendientes. Pese a todo ello, Jacobo, que por contender con Dios se transformó en Israel, luchó por la paz, y nosotros, sus descendientes debemos seguir su ejemplo, aún cuando se deba estar preparado para lidiar con el Amalek que aparece de generación en generación.


Shabbat Shalom!

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